La IA no decide tu futuro. Tú sí.

Tu experiencia vivida —ese conocimiento que subestimas porque te parece obvio— es el capital irreemplazable que la IA no tiene; usarla como habilitador de ese saber es tu decisión, y solo si la tomas tendrás futuro profesional.

Por Nelson F. Nuñez Vergara

Siento que el piso se mueve


Te sientas frente a tu laptop, con el café de la mañana aún caliente. Quizás eres un gerente entre 40 y 60 años con un puesto que te ganaste a pulso. O el gestor que toma las decisiones en una entidad pública. O tal vez un respetado intelectual en una ONG, cuyo valor reside en su análisis crítico. No importa el rol, el titular que lees te golpea igual: una nueva funcionalidad de una Inteligencia Artificial (IA) ya puede “hacer” en segundos ese informe en tu en tu campo de trabajo o ese denso reporte de impacto social del proyecto que a tu equipo le toma una semana entera. Y usamos las comillas a propósito, porque aunque la máquina entrega un texto  que puede parecer a primera vista impecable, el acto de construir conocimiento real es una historia muy distinta.

Esta sensación, esa mezcla de vértigo y ansiedad, es real. Se alimenta de esa idea, repetida casi como un karma, de que la tecnología es un “asunto de jóvenes”, que aprender estas cosas es demasiado complejo y que, por lo tanto, nosotros ‘ya no estamos en la competencia’. Es el sentimiento de que el piso sobre el que construiste tu carrera profesional se está moviendo. Es la sospecha de que tu experiencia, tu título, e incluso tu “capacidad cognitiva”, de repente están en riesgo de ser “liquidados” o, como mínimo, devaluados. Y la pregunta que te carcome por dentro es tan simple como aterradora: ¿Todo lo que aprendí ya no sirve para nada?

La Gran Distracción: Por Qué el Debate Equivocado nos Paraliza


Calma. Respira. La respuesta corta es que sí sirve, y más que nunca, pero no servirá de la misma manera. Y para entender por qué, tenemos que hacer lo que el resto no hace: dejar de mirar la herramienta —el algoritmo el chatbot— para empezar a analizar la mano que la empuña y los intereses que la guían.

El problema fundamental es que la conversación sobre este tema crucial no está ocurriendo en occidente. Si uno hace una revisión sencilla de lo que se publica en muchos de los medios, la IA es vista de una manera abrumadoramente superficial e instrumental. Lo que tenemos no es un debate, sino una gran distracción: un espectáculo de fuegos artificiales que nos divide entre dos extremos igualmente paralizantes: el pánico a la amenaza o la fe en una varita mágica. Ambas visiones son una cortina de humo. Porque el impacto de la IA no está “tecnológicamente predeterminado”. Es el resultado de decisiones humanas.

Y es crucial subrayar desde dónde hacemos esta reflexión: desde nuestra realidad en el Perú y en este hemisferio, reconociendo que el mundo, como decía el escritor peruano Ciro Alegria , es mucho más ancho y ajeno. El marco en el que operamos no es solo una imposición externa, sino el resultado de una compleja interacción. Por un lado, están las grandes corrientes estratégicas definidas lejos de nuestras fronteras: las políticas de estado impulsadas por el gobierno chino o las directrices corporativas y geopolíticas que emanan desde las grandes empresas y la administración de los Estados Unidos. Pero estas corrientes no impactan en un vacío. Chocan, se adaptan o son ignoradas por las decisiones que se toman aquí mismo, en el Perú: en nuestros directorios, en nuestros ministerios y en nuestras asociaciones gremiales. La combinación de ambas —la influencia externa y nuestra respuesta interna— es la que genera el marco de decisiones reales que afecta a nuestra sociedad, como organizaciones y como personas.

Para comprender la verdadera dimensión del cambio, debemos mirar más allá de nuestras fronteras. El mayor impacto de la IA no está en el entretenimiento superficial de crear imágenes en nuestros celulares. El verdadero impacto, el que transforma sociedades, está en revoluciones silenciosas que ya están ocurriendo. Pensemos en los avances en la investigación genética, donde modelos como AlphaFold de Google, con su capacidad de predecir la estructura de las proteínas con una precisión casi atómica (0.96 Å), han resuelto problemas que atormentaron a la biología por décadas. Paralelamente, China no solo ha respondido con sus propios modelos de vanguardia como Uni-Fold, sino que ha construido el centro de secuenciación de genoma más grande del mundo BGI Genomics. Este mismo nivel de transformación está ocurriendo en la optimización de la producción industrial, en el desarrollo de una agricultura de precisión y, crucialmente, en la implementación de servicios públicos inteligentes de salud a una escala masiva, un campo donde China no solo está acumulando una experiencia invaluable, sino que, a nivel de políticas públicas, está liderando los avances más significativos del planeta. Sino revisemos su Plan para el Internet Industrial 2026-2028. Esa es la conversación que no estamos teniendo.

Esta falta de un debate amplio nos deja varados en la orilla, haciéndonos la pregunta equivocada: ¿qué hará la IA? Es una pregunta que nos convierte en espectadores pasivos de nuestro propio futuro, esperando el veredicto de un algoritmo y los intereses de las empresas privadas. Pero esa es la verdadera trampa. La pregunta clave, la única que realmente importa, es radicalmente distinta. No es una pregunta de predicción, sino de intención: ¿qué vamos a hacer nosotros —como profesionales en nuestra propia carrera, como líderes en nuestras organizaciones y como ciudadanos en nuestra sociedad— para darle forma y propósito a esta nueva realidad? Este cambio de enfoque lo es todo. Nos saca del asiento del pasajero y nos pone al volante, transformando un problema tecnológico que “nos sucede” en un desafío sobre que podemos transformar con la IA.

La Paradoja del Progreso: ¿Más Tecnología, Más Bienestar?


Para países como los nuestros, la promesa de la Inteligencia Artificial es especialmente significativa. Por décadas hemos intentado cerrar brechas de productividad y competitividad, muchas veces con resultados desiguales. Hoy, la IA representa una oportunidad histórica para dar el salto que otras revoluciones tecnológicas no lograron: pasar de la eficiencia operativa a la generación de valor sostenible.

Sin embargo, esta vez el desafío no es solo técnico. La verdadera diferencia estará en cómo usemos la IA para transformar nuestra manera de trabajar, producir y decidir. Si la adoptamos únicamente para acelerar procesos o reducir costos, el impacto será limitado. Pero si la utilizamos para reimaginar modelos de negocio, fortalecer el talento humano y mejorar los servicios que ofrecemos, su potencial será transformador.

informe de Foro Económico Mundial de 2025, se estima que 41% de los empleadores planea rediseñar funciones laborales con IA en los próximos cinco años, provocando una dramática reducción de empleos. En este contexto, la prioridad es discutir cómo pueden las organizaciones evolucionar hacia un modelo donde la tecnología amplíe las capacidades humanas.  Ese es el punto de inflexión que define si la IA será una herramienta de crecimiento o de exclusión.

El reto, entonces, no es resistir el cambio, sino dirigirlo. El verdadero progreso no se mide solo por la productividad que obtenemos, sino por el valor humano, institucional y social que somos capaces de construir con ella.

El Antídoto: El Valor de la Experiencia en un Nuevo Ecosistema Tecnológico


Esto nos obliga a enfocarnos en lo esencial: pasar del sistema a la persona. Y es aquí donde encontramos el antídoto, en la calidad única del conocimiento humano profundo. Los análisis globales, como los del Foro Económico Mundial, señalan que la automatización afecta primero a tareas rutinarias y roles de entrada, roles que suelen ocupar profesionales en etapas iniciales.

¿La razón de esta aparente paradoja? La IA actual es formidable ejecutando instrucciones, pero depende críticamente de un interlocutor humano que posea lo que hoy le es inalcanzable: una mirada holística, sentido común práctico y sabiduría contextual. Esta capacidad —de interpretar matices, entender dinámicas no escritas, conectar dominios de conocimiento dispersos y prever consecuencias sistémicas— no se obtiene con un título; es el fruto de una experiencia vital y profesional intensa, diversa y reflexiva. En este diálogo crucial, quien ha cultivado esa profundidad de criterio —con independencia de su edad— posee la ventaja fundamental: la de diseñar y orquestar soluciones multidimensionales, que trasciendan la lógica lineal y se arraiguen en la complejidad humana, anticipando consecuencias y conectando dominios de conocimiento que, al momento, resultan inalcanzables para una lógica puramente algorítmica.

Aquí, el punto central no es la competencia contra la IA, sino la sinergia con ella. Y el mayor riesgo es integrar esta tecnología de manera acrítica. Ya hemos sido testigos de las devastadoras consecuencias de este error con la adopción acrítica de las redes sociales virtuales. Su impacto ha ido mucho más allá de simplemente erosionar nuestra capacidad de diálogo; como confirman múltiples estudios, ha fracturado nuestro tejido social, ha polarizado el debate hasta hacerlo irreconocible y está causando un daño cognitivo medible en nuestra capacidad de atención y pensamiento crítico.

El riesgo de la ‘externalización cognitiva’ —la delegación de procesos mentales como la memoria en dispositivos digitales— no es una hipótesis nueva. Fue descrito en la neurociencia occidental como el ‘Efecto Google’ (Sparrow et al., 2011). Lo distintivo en China ha sido la escala y velocidad con la que esta evidencia se ha traducido en un marco de políticas públicas integral. Investigaciones locales, respaldadas por instituciones como la Academia China de Ciencias, han replicado y ampliado estos hallazgos, documentando correlaciones entre el uso digital intensivo y cambios medibles en la atención y memoria en jóvenes. Este corpus de investigación no se quedó en el ámbito académico; cristalizó en la Ley de Protección de Menores (2020), que establece límites al tiempo de pantalla y combate la adicción a internet, y en las directrices éticas nacionales para la Inteligencia Artificial. China ha abordado la externalización cognitiva no solo como un tema de estudio, sino como un desafío de salud pública y desarrollo humano, sentando un precedente que ahora observan naciones como Dinamarca.

En este contexto, el reciente estudio “Your Brain on ChatGPT” del MIT Media Lab y su concepto de “deuda cognitiva” —el riesgo de atrofiar nuestro juicio al delegarlo en la máquina— adquiere su verdadera dimensión: no es un descubrimiento pionero, sino una validación metodológicamente sofisticada (con EEG y NLP) de los mecanismos que la investigación china había estado señalando desde hacía casi diez años.

Es precisamente aquí donde la experiencia se vuelve invaluable, porque nos permite aprovechar las crecientes potencialidades, pero para entenderlo, debemos ampliar la mirada. El error es pensar en la IA como un simple chatbot. Lo que enfrentamos es un nuevo ecosistema tecnológico donde la IA actúa como el cerebro que conecta drones, robots, sensores y exoesqueletos en el mundo físico. La verdadera transformación está en la reinvención de nuestros modelos de operación, no está en aprender a manejar un software.

Este nuevo ecosistema exige un rol humano con pensamiento multidimensional y sentido común. La respuesta casi siempre requiere “calle”, no solo pantalla y teclado. Esa “calle” es la capacidad de navegar la política interna de una organización, de entender las necesidades no declaradas de un cliente, de intuir un riesgo que no aparece en ninguna base de datos. Al liberarse de las tareas mecánicas, el profesional experimentado puede concentrar sus capacidades en lo que solo un humano puede hacer (por lo menos al día de hoy): identificar correctamente el problema y evaluar la viabilidad de las soluciones. El valor ya no reside en ejecutar, sino en orquestar este nuevo Ecosistema para diseñar soluciones complejas y sostenibles, lo que implica la capacidad de combinar la tecnología (el dron, el sensor, el algoritmo) con el factor humano (la cultura del equipo, la necesidad del cliente, la regulación local, la burocracía, etc) para crear un sistema que realmente funcione. En resumen: el valor profesional ha dejado de ser la posesión de respuestas para convertirse en la maestría de formular las preguntas correctas, mirando las posibilidades y también las consecuencias.

Y por eso es vital forjar una Cultura de Inteligencia Aumentada. Esta responsabilidad personal de cultivar el juicio crítico no ocurre en el vacío. Requiere un entorno que la fomente, y esa tarea recae directamente en quienes lideran las organizaciones. Si usted es un gestor, se enfrenta a una elección que definirá el futuro de su equipo: usar la IA como una simple tijera para reducir costos, acumulando una deuda cognitiva que hará a su organización frágil y dependiente de una tecnología que no comprende; o usarla para construir una cultura de inteligencia aumentada. La elección es entre crear un equipo de operadores de máquinas o un equipo de “arquitectos” de soluciones. La IA para la eficiencia, los humanos para el valor.

La Responsabilidad Ineludible: Estado, Políticas Públicas y un Nuevo Contrato Social


Pero seamos realistas.  incluso los líderes más visionarios operan dentro de sistemas que condicionan sus decisiones. Si las políticas públicas y los incentivos del mercado no evolucionan al ritmo de la innovación, los esfuerzos individuales —por más genuinos que sean— resultan insuficientes.

Por eso, el debate estratégico sobre la Inteligencia Artificial no puede limitarse al ámbito técnico o empresarial. Exige una visión integral que conecte la acción del sector público, la innovación empresarial, las organizaciones sociales y la academia con formación del talento humano, para impulsar una transformación sostenible y con propósito.

La Responsabilidad Ineludible: Estado, Políticas Públicas y un Nuevo Contrato Social


La IA presenta una oportunidad histórica para mejorar servicios esenciales como salud, seguridad o educación, no con aparatos más modernos, sino redefiniendo todo el modelo de operaciones. El ejemplo de China, con sistemas como AIMIS de Tencent analizando millones de imágenes médicas con una precisión superior al 97%, demuestra el potencial cuando la tecnología se implementa con visión estratégica. 
No se trata solo de adquirir tecnología, sino de rediseñar los modelos de servicio, integrando datos, procesos y capacidades humanas en sistemas inteligentes centrados en el ciudadano.

En el contexto peruano y regional, el verdadero desafío trasciende la mera adquisición de tecnología; se trata de defender nuestra soberanía digital. Esto implica dejar de ser simples consumidores pasivos de modelos entrenados en realidades ajenas para convertirnos en creadores de soluciones que respeten y potencien nuestra identidad local y nuestra diversidad social. El objetivo final no es solo modernizar el Estado, sino fortalecer la gestión para garantizar que cada proyecto tecnológico genere valor público con un sello propio, respondiendo a las necesidades reales de nuestra geografía y nuestra gente.

Segundo, Ecosistemas de Aprendizaje Continuo


A diferencia del pasado, ya no hablamos simplemente de actualizar a trabajadores con conocimientos desfasados. El reto es doble. Por un lado, hablamos de una recalificación constante y desde el primer día para los jóvenes que egresan con habilidades que se vuelven obsoletas a una velocidad nunca antes vista. Pero para los profesionales con trayectoria, la recalificación adquiere una dimensión distinta: implica aprender a dialogar con las inteligencias artificiales, desde sus identidades y saberes acumulados.

No se trata solo de aprender a ‘preguntar’ o dar instrucciones a una máquina; se trata de desarrollar la capacidad de establecer una interacción dialéctica donde el profesional vuelca su juicio crítico y sabiduría acumulada para interrogar, validar y refinar lo que la IA propone. En este proceso, el experto se convierte en un auditor de sentido: alguien que no solo verifica la exactitud técnica, sino que garantiza que los resultados sean coherentes con los valores éticos y la complejidad del contexto local —inyectando ese factor ‘calle’ que ninguna base de datos puede replicar—. Este diálogo es el puente necesario para que el vasto conocimiento humano de los más experimentados no se quede en el tintero, sino que se potencie y escale a través de la tecnología. Un título ya no es un pasaporte, sino un boleto de embarque para el primer vuelo; los siguientes requerirán una actualización que no es solo técnica, sino relacional con la máquina. Esto rompe por completo el modelo tradicional de ‘estudiar y luego trabajar’, diseñado para un mundo de cambio lento.

Hoy, aprender ya no es una etapa previa al trabajo, sino parte esencial de él. Es por eso que el 40% de las habilidades actuales cambiará hacia 2030. Esa cifra no es una advertencia, sino una invitación a replantear la educación como un proceso continuo. Esto exige que el Estado, las universidades y las empresas colaboren en ecosistemas de formación permanente: programas flexibles, certificaciones ágiles y rutas de aprendizaje adaptadas a las demandas reales del mercado. El conocimiento se ha vuelto un capital vivo que debe renovarse constantemente.

Tercero, conectar productividad con bienestar.


A medida que la IA incrementa la eficiencia, surge una pregunta esencial: ¿Cómo aseguramos que ese aumento de productividad se traduzca también en bienestar y sostenibilidad?

La respuesta pasa por un nuevo marco de cooperación entre instituciones públicas y privadas. No se trata de imponer regulaciones, sino de co-crear políticas y prácticas que equilibren innovación con sentido humano.

La  transformación laboral afectará al 23% de los empleos en cinco años. Más allá de una pérdida neta de 14 millones de puestos , el impacto real es la desaparición bruta de 83 millones de empleos, compensada solo en parte por la creación de nuevos roles. En este escenario, la experiencia laboral es el filtro de supervivencia crítico, priorizada por el 71.3% de las empresas. Esto favorece a adultos con trayectoria y alta capacidad analítica —la habilidad más valorada actualmente—, pero castiga el primer empleo. Ante la obsolescencia del 44% de las habilidades actuales , la estabilidad ha muerto, obligando a una reconversión profesional inmediata para evitar la exclusión.

El desafío no está en detener el avance tecnológico, sino en darle dirección, propósito y humanidad. Pero este propósito es inalcanzable si optamos por la pasividad o una aceptación acrítica. Frente a la magnitud de esta revolución, la única respuesta válida es el compromiso activo y el juicio crítico.

El Imperativo Personal: De la Lógica Mecánica a la Sabiduría Humana


Al final, todo vuelve a nosotros. El mayor peligro individual es mantenernos en una lógica mecánica de pensamiento, porque esa lógica será, con toda seguridad, reemplazada por una entidad de IA. El cambio de actitud personal es fundamental: reconocer que nuestro conocimiento, la forma en que lo cultivamos y la manera en que desarrollamos nuestra propia experiencia humana, se vuelve nuestro mayor activo.

La indiferencia es la única actitud que garantiza que la ola nos arrastre. La máquina, por muy inteligente que sea, no tiene la última palabra. Nosotros sí. Esa es nuestra frontera y nuestra responsabilidad inalienable: liderar con humanidad y criterio allí donde el algoritmo termina. La guardia permanece abierta.

1 comentario en “La IA no decide tu futuro. Tú sí.”

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