El espejismo de la ‘niñera electrónica’: Protegiendo el desarrollo infantil en la era digital

¿Cómo están las pantallas afectando a los bebés y a los niños? Una reflexión desde los datos, el compromiso y la esperanza que se debe construir desde los servicios públicos y nuestras familias.

 

La niñera electrónica: pantallas, deuda cognitiva y desarrollo infantil infancia


Por Gabriela Oceda Arias

Es el final de una jornada agotadora. En el Metropolitano, una madre entrega su celular a su hijo de dos años para calmar un llanto que no cede. El silencio es inmediato. Lo llamamos “niñera electrónica”, pero sabemos que no cuida: solo seda. Y en esa diferencia está todo el problema.

No juzgo a esa madre. La conozco, podría haber sido ella. En ciudades como Lima, donde los horarios laborales devoran el tiempo de crianza y el transporte público es una prueba de resistencia, ese gesto es a menudo el único recurso disponible para sobrevivir el día. Pero como mamá que sabe lo que pesa un cuerpo pequeño en los brazos al final de la noche, necesito decir algo incómodo: ese alivio momentáneo está construyendo una deuda que el niño pagará con su arquitectura cerebral..

El cerebro infantil no es solo una esponja que absorbe información: es un territorio en construcción activa. Entre los 0 y 4 años, no estamos “llenando” una mente; estamos tendiendo los cables fundamentales sobre los que se cimentará todo lo demás —el lenguaje, la emoción regulada, la capacidad de prestar atención, de amar sin ansiedad, de frustrarse sin desmoronarse. Esto sucede mediante el bucle sensorio-motor, esa danza continua entre lo que vemos, tocamos, movemos y lo que el cerebro aprende de ello. Cuando un niño manipula una piedra real, su sistema nervioso coordina peso, textura, temperatura, distancia; consolida redes que una pantalla, por más brillante que sea, nunca podrá ofrecer. El dedo que desliza sobre vidrio inerte recibe información pobre, y el cerebro, fiel contador de experiencias, registra esa pobreza como normalidad. Llaman “deuda cognitiva” a la atrofia que resulta cuando experiencias biológicamente necesarias son desplazadas por estímulos de baja fidelidad.

Ya hace una década en 2016, el Dr. Xiaoyan Wu, el Dr. Fangbiao Tao y sus colegas de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China y la  Universidad Médica de Anhui publicaron en European Child & Adolescent Psychiatry el estudio “The relationship between screen time, nighttime sleep duration, and behavioural problems in preschool children in China”.. El trabajo siguió a 8.900 niños de 3 a 6 años en cuatro ciudades de las provincias de Anhui y Jiangsu. No fue un experimento de laboratorio: fue observación rigurosa de la vida real, con cuestionarios respondidos por padres y madres. Los doctores Wu y Tao encontraron algo preciso y preocupante: los niños con dos o más horas diarias de pantalla dormían significativamente menos que quienes usaban pantallas menos de dos horas, con una diferencia promedio que los dejaba bajo el umbral de 9 horas y 9 minutos de sueño nocturno. Esa reducción, sumada noche tras noche durante los años de Máxima plasticidad cerebral, es donde reside el riesgo.

Y el sueño no es solo descanso: es cuando los oligodendrocitos, esos obreros nocturnos del sistema nervioso, recorren las ‘carreteras neuronales’ depositando mielina, el aislante que permite que las señales viajen rápido y sin pérdida. La luz azul de las pantallas, entrando antes de dormir, retrasa la melatonina como alarma en lugar de sedante. Aún no sabemos si esta reducción de sueño deja secuelas permanentes en el cableado cerebral: estudios éticos de décadas en humanos son imposibles. Pero la evidencia reciente ya muestra que, solo dos años de sueño insuficiente en la preadolescencia dejan huellas medibles en la estructura cerebral, y los bebés con mejor trayectoria de sueño en su primer año desarrollan más materia blanca. La precaución, cuando se trata de cerebros en construcción, no es exageración: es responsabilidad.

En el Shanghai Children’s Medical Center (SCMC), un equipo de la Shanghai Jiao Tong University School of Medicine publicó en 2022 en JAMA Pediatrics el estudio  “Association Between Screen Time Trajectory and Early Childhood Development in Children in China”. Siguieron a 152 niños desde los 6 hasta los 72 meses, trazando cómo cambiaba su tiempo de pantalla y cómo se desarrollaban cognitivamente. No encontraron efectos educativos en los dispositivos: encontraron desplazamiento. Los niños que aumentaron temprano o tarde su exposición a pantallas tuvieron puntuaciones significativamente menores en inteligencia general y eficiencia cognitiva a los 6 años. Cada hora frente a una pantalla era una hora sustraída a interacciones cara a cara, a juego físico, a la resolución de conflictos reales con cuerpos reales. La diferencia no era cuánto aprendían, sino qué infraestructura estaban —o no— construyendo para aprender después.

Y está el  problema de la dopamina, que ya vemos en niños de cuatro años en consultorios de Lima. Los algoritmos de gratificación instantánea elevan el umbral de satisfacción. El mundo físico, con sus ritmos lentos y sus frustraciones inevitables, deja de ser estimulante. Cuando retiramos el dispositivo, la irritabilidad que sigue no es “capricho”: es neuroquímica de abstinencia.. Un niño que no puede tolerar el aburrimiento no es un niño “difícil”: es un niño cuya capacidad de regulación está siendo entrenada para la impulsividad.

La evidencia actual, incluyendo los casos documentados en Dinamarca y España sobre adolescentes con dependencia digital severa, apunta en una sola dirección: los bebés, los niños pequeños e incluso los adolescentes no deberían tener acceso a las pantallas electrónicas. No es una posición moralista: es una conclusión neurobiológica. El problema es que esta verdad científica choca con una realidad social brutal. Esta realidad neurobiológica se enfrenta a una estructura social desigual. A menudo, la posibilidad de realizar una mediación activa —acompañar el uso de la pantalla con diálogo y juego— depende de contar con el privilegio del tiempo y la energía tras la jornada laboral. En contextos de mayor precariedad, donde las jornadas son extenuantes y los traslados infinitos, la pantalla deja de ser una elección para convertirse en un recurso de supervivencia ante la falta de alternativas de cuidado. El riesgo es que la falta de tiempo se traduzca en una brecha de autonomía, donde el acceso a interacciones humanas de calidad se convierta en un lujo en lugar de un derecho universal.

Si las funciones de atención y control no se consolidan antes de los cinco años, el niño carecerá de la intención propia para gobernar la IA; será gobernado por ella. Estamos transformando una brecha social en una brecha neurológica, y luego nos sorprenderemos cuando esa generación, adulta, no tenga autonomía para resistir la manipulación algorítmica.

Lo que más funciona, y cuesta menos de lo que imaginamos, es la mediación activa: diez minutos de diálogo sobre lo que el niño vio, de conexión con la realidad física, valen más que horas de contenido “educativo” en soledad. Pero esto requiere tiempo, y el tiempo es un privilegio. La solución no puede ser la prohibición desde el juicio, pues restringir sin ofrecer alternativas es ignorar las dificultades de quienes luchan por llegar a fin de mes.

En China, la respuesta no fue improvisada. El Centro de Información de la Red de Internet (CNNIC) identificó desde 2014 una epidemia de miopía y déficit de atención ligada al tiempo de pantalla. Pero en lugar de meras recomendaciones, construyeron un andamiaje legal y ético: Ley de Protección de Menores (2020), que estableció en su Artículo 75 la prohibición de servicios de juegos en línea para menores entre las 22:00 y las 08:00, y exigió a las plataformas el ‘Modo Juvenil‘ con límites temporales automáticos y verificación de identidad; las directrices éticas nacionales de Nueva Generación de 2021, primer código de su tipo en el mundo, que exige ‘controlabilidad humana’ y ‘rendición de cuentas’ en tecnologías que afectan a menores; y, ya en 2025, una Guía para el Uso de la Inteligencia Artificial Generativa en Escuelas Primarias y Secundarias que prohíbe a estudiantes de primaria usar IA generativa de forma independiente mientras permite su exploración guiada en secundaria. Funcionó porque hubo un Estado que pudo invertir en infraestructura de cuidado, familias con algún margen de adaptación, y una secuencia clara: estudios epidemiológicos, marco legal, ética tecnológica, y finalmente regulación educativa específica. No fue una prohibición aislada: fue un sistema.

En Dinamarca, cambios visibles desde 2024: teléfonos bajo llave en la mayoría de escuelas, retorno de libros físicos y clubes deportivos sin pantallas. Los adolescentes, tras resistencia inicial, reportan mayor equilibrio y concentración. El gobierno anunció en noviembre 2025 prohibir TikTok, Instagram y Snapchat para menores de 15 años (con excepciones parentales desde los 13), con votación prevista para 2026. Es un cambio donde la “sobriedad digital” se construye desde escuela, familia y comunidad, con el Dansk Ungdoms Fællesråd (Consejo de la Juventud de Dinamarca), promoviendo el acceso a comunidades físicas como derecho, mientras el Center for Digital Pædagogik advierte que la solución es educar para uso crítico, no eliminar lo digital.

En Australia, donde desde diciembre de 2025 rige una prohibición de redes sociales para menores de 16 años (Online Safety Amendment (Social Media Minimum Age),, parece ser un ejemplo de hacer algo para en realidad no cambiar nada o agravar la situación. Un estudio de QUT (Osman et al., 2025) que entrevistó a 86 adolescentes antes de la implementación revela el riesgo de regular sin atacar el diseño algorítmico ni involucrar a las familias: los jóvenes describen la medida como ‘atrapar agua con una red’, reportan evasión mediante cuentas con edades falsas, y señalan la ausencia de conversaciones previas con padres o educación sobre el cambio. El proceso legislativo —aprobado en solo seis días sin evaluación de impacto— excluyó explícitamente plataformas de gaming como Roblox y Discord, basándose en definiciones formales en lugar de riesgos reales. Dos meses después, la evidencia muestra evasión masiva mediante VPNs y migración a espacios menos regulados. Es una regulación que castiga a las compañías con multas millonarias pero no exige cambios en los algoritmos adictivos, no educa a las familias ni construye alternativas físicas, resultando en un sistema formalmente estricto pero sustancialmente ineficaz.

Corea del Sur evidenció antes los mismos límites: durante una década (2011-2021) aplicó la “Ley de Cenicienta”,, que restringía videojuegos online nocturnos para menores.  El estudio en Corea del Sur de Choi, Cho, Lee, Kim y Park (2017) documento con 243,957 adolescentes entre 2011-2015, que los niños simplemente migraban a plataformas no reguladas (smartphones, cuentas de adultos) sin reducción significativa del uso ni mejora en el sueño —evidencia que anticipó la abolición de la ley en 2021 ante el reconocimiento de que una regulación paternalista sin alternativas reales de ocio, sin educación digital y sin involucramiento de las familias era insostenible— una lección que cuatro años después parece ignorarse.

Aquí en Perú, donde las condiciones estructurales —guarderías accesibles, espacios públicos seguros, horarios laborales que respeten la vida familiar— aún son deudas pendientes y la crisis política y social profundiza la desesperanza, la respuesta no es partir de cero ni esperar pasivamente. Desde hace más de cuatro décadas, el Servicio Educativo El Agustino (SEA) demuestra que otra forma es posible: cinco ‘Casitas’ que funcionan como territorios de encuentro comunitario donde niños de contextos diversos —incluso de pandillas rivales— aprenden a relacionarse sanamente, imaginar otras posibilidades de vida y construir proyectos de futuro, mientras sus familias dejan de ser objetos de asistencia para convertirse en co-constructoras de una crianza basada en el diálogo y el afecto. En Piura, el programa Manitos Jugando de CANAT, activo desde 2008, mantiene sus ludotecas comunitarias como dispositivos de formación en valores donde el juego estructurado compite con la calle y con las pantallas cuando se ofrece como alternativa digna. No son soluciones mágicas ni laboratorios perfectos: son experiencias concretas, probadas y sostenidas en el tiempo que deberían compartirse y adaptarse en otros espacios comunitarios. El principio que validan —desde la vulnerabilidad, no a pesar de ella— es el mismo que observamos en modelos nórdicos o asiáticos: la reducción de pantallas solo funciona cuando viene acompañada de una invitación concreta a otra cosa, no de un vacío.

La escasez económica es una barrera injusta, pero no debe condenarnos a la escasez de intención. Ante la falta de respaldo institucional, la respuesta surge desde la creatividad y la comunidad. La mediación activa no requiere de grandes inversiones, sino de pequeños momentos de conexión física y diálogo que validen la realidad del niño fuera del vidrio. Pero como el tiempo es un recurso escaso, la solución debe ser colectiva: espacios de cuidado compartido y redes comunitarias que permitan que ningún padre o madre tenga que recurrir a la ‘niñera electrónica’ por puro agotamiento.

Nuestros niños representan el capital más valioso de la sociedad. No es metáfora económica: estudios de economía del desarrollo muestran que la inversión en primera infancia tiene el mayor retorno social de todas las políticas públicas.

Proteger su arquitectura mental no es tarea que podamos delegar —menos a una IA— ni una realidad ante la cual resignarnos. Es, en última instancia, asegurar su libertad de pensamiento y su capacidad de soñar. Eso vale la pena.

“Awaynchikunata khuyasqanchikraykum tukuyta ruwanchik”

(Hacemos todo lo posible porque amamos a nuestros hijos)

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